Oro: Poderoso caballero

Un tema esquivo y difícil para el cine español es, tradicionalmente, nuestro pasado colonial. Algo que contrasta con la literatura, que ha tratado el tema de forma profusa, variada y sostenida en el tiempo. Las causas pueden ser muchas: presupuesto —sobre todo—, localizaciones, gustos del público o miedo a herir sensibilidades. Por ello es de agradecer cada título que se arriesga a mirar a nuestro pasado, con sus luces, sombras, cicatrices y cenizas.

1898. Los últimos de Filipinas (Salvador Calvo, 2016) intentó enmendar con realismo y rigor la hagiográfica Los últimos de Filipinas (Antonio Román, 1945), cortada por el patrón que imponía el régimen franquista. Mambí (Santiago y Teodoro Ríos, 1998) mostraba la guerra de Cuba desde la intrahistoria de un soldado español alistado —como tantos otros— a la fuerza. Lejos de África (Cecilia Bartolomé, 1996) y Palmeras en la nieve (Fernando González Molina, 2015) retrataron nuestra olvidada presencia en Guinea Ecuatorial. La última incursión de la industria nacional en nuestro pasado imperial es Oro (Agustín Díaz Yanes, 2017).

Tras la senda de los Marañones

Basada en un relato de Arturo Pérez-Reverte, quien también firma el guión junto a Díaz Yanes, Oro se ambienta en el siglo XVI, el de la gran expansión del imperio español, y es la historia de un grupo de hombres —y dos mujeres— que atraviesan la selva amazónica en busca de una mítica ciudad construida con oro.

La referencia, por tanto, es evidente: las numerosas expediciones acometidas por adelantados y gobernadores en busca de El Dorado. Aventuras calamitosas y llenas de penurias, pero que abrirían nuevas rutas y conquistarían nuevos territorios para agrandar el imperio. La más recordada, la de Pedro de Ursúa, en 1560, que dejaría un nombre para la historia: Lope de Aguirre.

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Así pues Oro es la tercera revisión cinematográfica de la epopeya de los Marañones y de la rebelión de Lope el loco, el tirano, el peregrino. La primera fue una película de autor: Aguirre, la cólera de Dios (Werner Herzog, 1972), épica, enfermiza, hipnótica, con Klaus Kinski transmutado en un Lope de Aguirre febril y alucinado. La segunda fue El Dorado (Carlos Saura, 1988), la cinta española de mayor presupuesto hasta aquel momento —mil millones de pesetas, seis millones de euros—, absoluto fracaso de público y crítica, tildada de tediosa, grandilocuente, pretenciosa y revisionista.

Con siete millones de euros —en comparación, mucho menos de lo que dispuso Saura en su día—, Díaz Yanes y Pérez-Reverte  optaron en Oro por una visión propia del cine de frontera, por facturar un western que no traicionase el rigor histórico pero que resultase ameno al espectador. 103 minutos de metraje y el ritmo más vivo que se le puede imprimir a la trama, intentando mantener la atmósfera opresiva del escenario. La selva amazónica, escondrijo perfecto de tribus hostiles que acosan a los conquistadores con continuas emboscadas, y donde la tensión insoportable provoca enfrentamientos cada vez mayores entre ellos.

Hombres duros

Frente a la referencia clara de las dos anteriores, en Oro todo es figurado, porque no muestra la expedición de Pedro de Ursúa, sino un trasunto, o cualquiera otra. La comitiva parte de una población espuria, Puerto Cristo, y está formada por personajes ficticios: encabezada por Don Gonzalo de Baztán (José Manuel Cervino), acompañado por su esposa, Doña Ana (Bárbara Lennie), y en la que tenemos, entre otros al alférez Gorriamendi (Óscar Jaenada), a soldados viejos como el sargento Bastaurrés (José Coronado), al protagonista y narrador Martín Dávila (Raúl Arévalo), al cronista real, el licenciado Ulzama (Andrés Gertrúdix) y al guía, el Indio Mediamano (Juan Carlos Aduviri).

Cegados por el oro, la ambición y la lujuria, divididos en facciones entre sí por rencores traídos de España y por un liderazgo errático, los marañones matan y mueren, y avanzan penosamente por la selva mientras su número merma y el objetivo se ve a la vez más cercano y más quimérico.

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Se nota, y mucho, la mano de Pérez-Reverte en el retrato de estos hombres. Corajudos, curtidos, coriáceos, orgullosos y con un sentido del honor exacerbado, capaces de matar y de condenarse a muerte por un insulto. Que se agrupan por procedencias —extremeños, andaluces, aragoneses, vizcaínos— y recelan de los demás, cuando no se odian a muerte, pero que olvidan cualquier diferencia y forman hombro con hombro a la hora de enfrentarse al enemigo.

Un nuevo mundo

Director y escritor quisieron reflejar las duras condiciones en las que se desarrollaban las exploraciones en Las Indias, las circunstancias que afrontaban hombres y mujeres que dejaban su tierra para atravesar el océano y encarar un nuevo mundo desconocido, inhóspito, en el que la fortuna podía hacerles ricos de la noche a la mañana o verles morir en la ignominia de una selva o un pantano.

Lo explica a la perfección Raúl Arévalo en esta entrevista. Cualquier riesgo era preferible a una vida miserable en España. El deseo de Marchena de prosperar en América y ser llamado Don Diego Marchena es el que lograba Inés Suárez en Inés del alma mía, de Isabel Allende:

«[…]si me hubiese quedado en mi pueblo natal, hoy sería una anciana pobre y ciega de tanto hacer encaje a la luz de un candil. Allá sería la Inés, costurera de la calle del Acueducto. Aquí soy doña Inés Suárez, señora muy principal, viuda del excelentísimo gobernador don Rodrigo de Quiroga, conquistadora y fundadora del Reino de Chile.»

Más humilde pero igual de soñador era Bonifacio el cojo, el secundario de Cienfuegos, de Alberto Vázquez-Figueroa, cuando razonaba:

«Aquí nunca seré más que un pobre cojo hambriento. Tal vez en ese “Nuevo Mundo” consiga comprarme algún día un buen caballo.»

En Oro veremos la frialdad con la que Don Gonzalo ordena ajusticiar a sus hombres ante la menor indisciplina o falta de respeto, la indiferencia con la que Marchena, su criado y verdugo del grupo, les da garrote, y la templanza con la que los reos asumen su destino, rota solo por el acto de orgullo de solicitar morir a espada, como un soldado, y no como un vulgar villano.

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Presenciamos la rabia con la que los españoles se matan entre ellos, pero también la fiereza y el orden con el que se baten contra los indios que los cercan. Desde el soldado viejo más experimentado, como Bastaurrés, veterano del saqueo de Roma, hasta el más bisoño —Iturbe, interpretado por Juan José Ballesta—, exhiben entonces arrojo y disciplina. Díaz Yanes deja momentos de épica, ya los marañones rindiendo honores a sus caídos, ya la formación de batalla al canto de De los álamos vengo, madre, de Juan Vásquez.

La crítica

Broche perfecto para la España cainita que representa Pérez-Reverte con sus soldados fue la crítica nacional, dividida pero dispuesta a atacar con inquina cualquier pequeño aspecto de la cinta.

Se le achacó, de forma bastante unánime, su irregularidad. Su escenografía, su montaje y su labor actoral, obviando quizás la fuerte teatralidad, claramente intencional, de las escenas rodadas en Madrid, en estudio.

Se criticó que la banda sonora se inspire demasiado a la de La misión, de Ennio Morricone, en particular la pieza «Muerte de Ulzara». Se llegó a denostar la música dieǵetica alegando que De los álamos vengo, madre es para voz femenina, no coral, y mucho menos es un canto de batalla. Quien esto dice obviará que Lili Marleen, la canción de marcha más popular, fue interpretada por primera vez por una mujer, y no nació como canción militar. Y no perdonará a Stanley Kubrick que los soldados estadounidenses de La Chaqueta metálica marchen por Vietnam al ritmo de la Mickey Mouse March.

Similar suerte corrió el papel de las dos mujeres del grupo, tanto Doña Ana como su criada La Parda (Anna Castillo), argumentando desde escasa presencia actoral hasta irrelevancia de su papel, introducidas con calzador al servicio de la subtrama romántica. Se llegó a calificarlas de anacronismo. Sobre esto es cierto que Oro no supera el test de Bechdel, pues en los únicos momentos en las que ambas mujeres —señora y criada, por tanto confidente, recordemos— están solas, hablan de hombres. Pero no es menos cierto que representan el papel de las mujeres en la época, consideradas objetos y mero accesorio por los hombres. Y que su presencia en la expedición viene avalada por la de Pedro de Ursúa, quien fue acompañado de su amante, Inés de Atienza, igual que Lope de Aguirre lo hizo junto a su hija, Doña Elvira.

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En cuanto a la presencia en pantalla de Bárbara Lennie y Anna Castillo, va en consonacia con la del resto del reparto: esforzada y meritoria, si tenemos en cuenta los rigores del rodaje en las selvas americanas, y en el que destacan, además del propio Raúl Arévalo,  Óscar Jaenada como el sádico Gorriamendi y José Coronado como el veterano Bastaurrés. Quizá sel más meritorio, por su complejo papel, sea Juan Carlos Aduviri como el Indio Mediamano.

Poco se puede añadir sobre la fidelidad a la hora de reproducir uniformes, armas y armaduras, y hasta pequeños detalles como que Rabioso, el fiero perro cazador de indios que forma parte de la expedición, sea un alano español, raza que en efecto se usó en la conquista por su bravura y su valentía rayana en la temeridad.

Buen cine de frontera

Oro funciona, con todos los defectos que se le quieran imputar, porque es una cinta divertida, que crea interés sobre el destino de los sufridos marañones revertianos y porque deja unas cuantas imágenes de gran belleza, como la del soldado Martín Dávila clavando el pendón real en el océano. Y porque tiene claros referentes cinematográficos en los clásicos de Raoul Walsh Objetivo Birmania (1945) y Tambores lejanos (1951) -esa escena del cruce del río infestado de caimanes—. Tanto como la tensión en continuo ascenso entre los soldados recuerda a la lograda por John Woo por los tres amigos atravesando la jungla vietnamita en Una bala en la cabeza (1990).

Es suficiente con asomarse a este western español sin remilgos y sin complejos para comprender que nuestra inabarcable historia daría para cientos de historias sobre hombres rudos y desesperados, con barro hasta las rodillas, luchando por su vida con una espada y un arcabuz para ensanchar un palmo más el imperio español, al servicio de un rey lejano, olvidadizo y desagradecido.

Si quereis saber mas sobre esta obra, aqui podeis escuchar o descargar el programa que realizamos en torno a ella:

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