Hillbilly, una elegía rural: los desheredados toman la palabra

 

Cuando la ingente producción cultural estadounidense nos acerca a los diferentes tipos sociales que conforman el mosaico demográfico de su país, a menudo pone la lupa en uno particular, convirtiéndolo en uno de sus tópicos más exportados e inconfundibles. Hablamos del hillbilly: el paleto de acento farragoso, barba descuidada y oscuros dientes desiguales, que vive en una casa destartalada con una interminable caterva de hijos, vestido con un harapiento pantalón de peto, descalzo y tocado con un sombrero de paja, sentado en una mecedora en el porche, fumando una pipa de maíz y acompañado de un inseparable conjunto de escopeta, garrafa de bourbon casero, banjo y perro de caza.

El hillbilly, habitante de la cordillera de los Apalaches —esto es, la zona rural del este de los Estados Unidos, desde Maine hasta Alabama— siempre es un personaje o bien cómico —como en las series Hillbilly Bears, de Hanna-Barbera, o The Beverly Hillbillies, donde hace reír con sus costumbres de garrulo y su vocabulario lleno de palabras como «Amá» y «Apá», algo que perpetúa Cletus, el personaje de The Simpsons—, o bien inquietante, pues sus comunidades aisladas y embrutecidas ambientan numerosas películas y novelas de terror moderno.

Descendientes de los colonos escoceses, galeses e irlandeses que ocuparon los Apalaches en el siglo XVIII, los hillbillies son un grupo social fuertemente cohesionado en el que la familia sigue teniendo el valor que ha perdido en el resto de la sociedad anglosajona. Enraizados en la tierra y en sus tradiciones, los hillbillies son también la cara más amarga de la caída de América: viven en la zona más afectada por la desindustrialización y por la reconversión económica, padecen altas tasas de paro, alcoholismo, drogadicción, fracaso escolar y violencia doméstica. Sus comunidades están deprimidas y pierden habitantes mientras que ellos se muestran incapaces de cambiar la situación, malviviendo en muchos casos de ayudas públicas. Tradicionalmente demócratas, en los últimos tiempos han dado un giro político hacia el voto republicano, siendo responsables, al menos en parte, del ascenso al poder del presidente Donald Trump.

Ya sea en la no-ficción, como objeto de numerosos estudios, o en la ficción, como blanco de burlas y chistes sobre endogamia, bestialismo, afición desmedida por las armas o fanatismo religioso, los hillbillies están acostumbrados a ser vistos desde fuera. Ahora bien, ¿qué ocurre si ellos toman la palabra? ¿si al fin escuchamos su propia voz?

Hillbilly, una elegía rural. Memorias de una familia y una cultura en crisis (Deusto, 2017), de J.D. Vance, es la respuesta. Una autobiografía en la que el autor desgrana tanto su experiencia personal como datos objetivos sobre el colectivo hillbilly. Vance, abogado de profesión y licenciado en Derecho por la Universidad de Yale, analiza fríamente el entorno en el que creció, comparando su intrahistoria con datos objetivos extraídos de diversos estudios académicos, dejando un retrato poco halagüeño de un mundo en descomposición.

Vance nació y creció en Ohio, en la zona conocida como cinturón del óxido, por su dedicación casi exclusiva a la industria siderúrgica. Un sector de producción que, en su auge, proporcionó empleo y riqueza a las pequeñas localidades rurales de los Apalaches, pero que ahora, desmantelada, deja una sucesión infinita de pueblos semiabandonados, deprimidos y ruinosos, ocupados por hillbillies ociosos que sobreviven como pueden, casi siempre de subsidios públicos.

Sin padre, que le abandonó siendo muy pequeño y con el que no retomará el contacto hasta la adolescencia, y con una madre politoxicómana que salta de matrimonio en matrimonio y de ciudad en ciudad hasta morir de sobredosis, Vance tendrá pese a todo un fuerte apoyo familiar, en forma de sus abuelos, mamaw y papaw. Como dijimos, la familia sigue siendo el eje vertebrador de la vida hillbilly, y el contacto con la familia extensa —abuelos, tíos, primos— es habitual y continuo.

La relación de mamaw y papaw tampoco es idílica. Ambos son violentos y temperamentales. Mamaw, harta de las borracheras y el maltrato de su marido, llega a rociarlo con gasolina y prenderle fuego mientras duerme. En una ocasión anterior, ambos habían retenido a todos los asistentes a misa, arma en mano, hasta que apareciese el pequeño Vance, al que creían secuestrado, pese a que solo se había quedado dormido en un banco de la iglesia.

La salida del autor ante la falta de perspectivas, como la de muchos de sus vecinos, será el ejército. Casi un rito de paso para el joven varón hillbilly, como notará en la diferencia de trato por parte de los adultos de su comunidad cuando regrese a casa. En los marines aprenderá también disciplina y, lo más importante para él, a administrar el dinero.

Vance dedica parte de su texto a su vida universitaria y profesional, al techo de cristal que se encuentran los hillbillies en cuanto ponen un pie fuera de los Apalaches: su falta de un registro culto al hablar, su carencia de habilidades sociales básicas, su incomodidad casi vergonzante en los actos de sociedad, como presentaciones o banquetes. Desde usar los distintos tipos de cubiertos o saber cómo vestirse o sentarse, todo supone un reto para el autor, como si el mundo repudiase a los hillbillies, como si simplemente no hubiese lugar para ellos fuera de sus míseras aldeuchas montañesas.

La postura del autor, si bien es crítica con los miembros de su grupo social, a los que acusa, entre otras cosas, de inmovilismo, de su incapacidad para cambiar su situación por falta de voluntad, de conformismo para vivir de subsidios y de esperar el regreso de unos buenos tiempos que ya se han desvanecido, también es respetuosa. Se percibe el amor por su comunidad, el orgullo de pertenencia. El propio término hillbilly, que sin ser tan despectivo como redneck o white trash no deja de tener carga peyorativa, se transforma en un galardón, en algo que atesorar.

J.D. Vance

Y eso que el retrato del mundo hillbilly que deja el ensayo no es muy esperanzador. Son varios los puntos que subrayar:

 

El universo Hillbilly

 

—Desestructuración social: Gran parte de los hogares son familias disfuncionales, con padres ausentes o maltratadores, frecuentes cambios de residencia —con la inestabilidad que conlleva, sobre todo para los estudios—, violencia doméstica y continuos gritos y discusiones. Pese a lo cual la familia continúa siendo la base de la sociedad hillbilly y el gran apoyo de sus miembros.

—Desempleo: la mayor parte de las comunidades hillbilly dependían de una única industria. Desaparecida esta, las tasas de paro son astronómicas. Muchos trabajos son precarios, a tiempo parcial y/o mal pagados. Gran parte de los hillbillies perciben ayudas públicas y/o están ahogados en deudas bancarias.

—La propia incapacidad: A lo largo del libro Vance muestra personas incapaces de conservar sus empleos por falta de implicación, llegar tarde o ausentarse de forma continuada, baja productividad, problemas de adicciones y, en general, escasa disposición hacia el trabajo.

—Alcoholismo y drogadicción: El consumo de alcohol entre la población es muy alto, constante y cotidiano. Muchas personas consumen drogas, en especial los jóvenes. La madre del autor es toxicómana a lo largo de toda su vida y, pese a lograr desintoxicarse en varias ocasiones, siempre recae y termina muriendo de sobredosis.

—Fracaso escolar: El sistema educativo resulta un hábitat ajeno y hostil para los jóvenes hillbillies. Casi todos muestran un notable desinterés por los estudios y las tasas de abandono prematuro son muy elevadas. Vance llama la atención sobre el sesgo de percepción de muchos jóvenes, que confían en una salida laboral asegurada en un sector industrial, el metalúrgico, que ya no puede ofrecerles trabajo. La desmotivación del estudiantado y la degradación del entorno social forman un círculo vicioso.

—Violencia: Vance expone cómo el sentido del orgullo hillbilly no permite dejar pasar ninguna afrenta, y desde niño se le inculcó que respondiese a los insultos y provocaciones con los puños. Su propia abuela le enseñó a pelear e hirió a compañeros de clase. Cuando escribe el libro cita que, en gran parte gracias a su esposa, ha logrado controlar sus impulsos de ira y no responder de forma violenta a situaciones conflictivas.

—Mala salud: La mayor parte de los alimentos que consumen los hillbillies son comida rápida. Prácticamente no cocinan y cada día comen de Burguer King, McDonald’s o Taco Bell. Vance no se empezó a preocupar por los aportes nutricionales hasta pasar por el ejército. También consumen demasiados refrescos azucarados: el autor hace referencia a una enfermedad bucodental derivada de esto, llamada literalmente «Boca Mountain Dew».

—Falta de cultura financiera: J.D. Vance relata cómo la mayor parte de los hillbillies son incapaces de ahorrar y son víctimas del sistema bancario y de las empresas de créditos rápidos. También gastan más dinero del que pueden permitirse en cosas como regalos de Navidad o coches mientras que no cubren adecuadamente necesidades más básicas como alimentos o ropa. Él mismo tenía varias líneas de crédito abiertas cuando estudiaba y reconoce que no conocía ni entendía las condiciones que firmaba.

—Y queda la cuestión de la política: El autor considera que los hillbillies, históricamente demócratas, se sienten olvidados y no se ven representados por las políticas actuales, lo que explicaría que hayan caído en las proclamas populistas de Donald Trump.

La elegía rural

En conclusión, y teniendo siempre en cuenta que estamos ante una voz individual, ante el testimonio de una sola persona —refrendada en datos, eso sí, por los numerosos ensayos y estudios que cita el autor—, tenemos al fin la oportunidad de conocer a los protagonistas de la historia a través de su propia palabra. En un libro cuyo título no puede ser más acertado, pues se trata sin duda de una elegía, del canto fúnebre de un mundo que agoniza y se desmorona. Lo cual, sea, tal vez, lo que lo hace tan hipnótico, tan fascinante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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