Comanchería: ganar a la banca

En el subgénero de atracos y grandes robos hay varias formas de lograr que una historia funcione. La primera es que el público empatice con los ladrones —delincuentes al fin y al cabo—, bien porque sus razones son legítimas, como reparar una injusticia previa, bien porque son fruto de la desesperación. La segunda es que no empatice con los representantes de la autoridad, mostrándolos como corruptos o como inflexibles ejecutores de una ley que no protege a los débiles. Comanchería (David Mackenzie, 2016) parte de otra idea de mayor calado: es el sistema el que está podrido, y ladrones y policías son peones, actores de reparto que tan solo interpretan su papel como pueden.

Comencemos, eso sí, por lo acertado del título elegido para España. Sin desmerecer al título original —Hell or High Water, una expresión que significa «cueste lo que cueste» o «contra viento y marea»—, es innegable la poderosa carga semántica del término Comanchería, el nombre que recibía en el pasado el lugar dónde se desarrolla la acción, el antiguo territorio comanche, así nombrado en su lengua por los primeros europeos en pisarlo, los españoles. Palabra de reminiscencias western para un neowestern de asaltadores de bancos y huidas hacia adelante; y para la historia de un pueblo desposeído de sus tierras y de sus bienes por la codicia de los poderosos. Como los comanches.

Porque el guión de Taylor Sheridan —responsable de otros neowestern como Wind River, Sicario o la teleserie Yellowstone— es un retrato de la América rural peor tratada por el despertar del sueño americano, de un Medio-Oeste deprimido y depauperado cuyos habitantes, devorados por los créditos bancarios, intentan sobrevivir en sus pequeñas poblaciones antaño prósperas, mientras el petróleo se agota, el desmantelamiento del tejido industrial recorta un empleo tras otro y la caída de los precios lleva a la ruina a agricultores y ganaderos.

 

Comanchería - Hell or High Water

Esta es la Texas de los hermanos Howard. Toby (Chris Pine), divorciado y padre de dos hijos; y Tanner (Ben Foster), un violento ex-convicto, que ven cómo el banco está dispuesto a embargar el rancho familiar que su madre, enferma, se vio obligada a hipotecar antes de morir. Desesperados y sin nada que perder, deciden que atracarán distintas agencias de ese mismo banco para recaudar el dinero y pagarle con su propia moneda.

Pero es también la Texas de Marcus Hamilton (Jeff Bridges), un veterano y cínico Ranger que se pondrá tras la pista de los Howard, junto a su compañero Alberto Parker (Gil Birmingham), un sufrido mestizo de indio y mexicano que soporta estoicamente los chistes racistas y las bromas vitriólicas que Hamilton gasta a su costa.

Comanchería nos lleva por una sucesión de villorios deprimidos de negocios cerrados, aparcamientos vacíos y calles que languidecen desiertas. Desde la carretera no se contempla un rincón del paisaje que no incluya terrenos embargados en venta. Y, entre la miseria y la falta de expectativas florecen los casinos, omnipresentes, ubicuos, los únicos negocios pujantes —igual que hoy brotan como hongos las casas de apuestas en nuestros barrios obreros—. Parias entre los parias, los comanches, despojados de todo lo que fue suyo, sufren la humillación de vivir del vicio de los blancos. Es significativa la escena en la que uno de ellos juega en la mesa de un casino y mantiene un tenso diálogo con Tanner.

—¿Comanche? ¡Los amos de las praderas!

—Los amos de nada, ahora.

Es el Medio-Oeste del cowboy —interpretado por el propio Sheridan— que, sin nadie que le ayude, intenta salvar su ganado de un incendio mientras afirma que su hijo no será ganadero si él puede evitarlo. Metáfora del hombre rural olvidado por gobiernos y administraciones que ve cómo su forma de vida agoniza.

Comanchería - Hell or High Water

Los Howard son los nuevos comanches. Hombres que han querido vivir según las viejas reglas y han pagado por ello. Como el resto de personas que se cruzan en el camino de los forajidos y de los dos Rangers. Habitantes de una tierra en la que solo se quedan los que son demasiado viejos, están demasiado cansados, no tienen otro lugar a dónde ir o tienen raíces demasiado profundas.

Solo sé que han robado al banco que lleva robándome treinta años

Además de por su sólido guión y por su factura técnica soberbia, Comanchería funciona por su labor actoral. Este es el tipo de papeles que benefician a Chris Pine —el joven capitán Kirk de las nuevas películas de Star Trek—, y de Ben Foster ya destacamos su talento para dar vida a personajes trastornados en la crítica de Hostiles.  Sobre Bridges solo cabe decir que es el actor perfecto para este tipo de papeles de veterano cínico y resabiado, curtido, irónico, con un punto de amargura y que se empeña en ocultar sus aptitudes, como su Rooster Cogburn en Valor de Ley o el acabado cantante de country de Corazón Rebelde. Gil Birmingham le da la réplica con la mesura que exige su papel, y crea un personaje con el que el público conecta fácilmente y por el que se termina sufriendo.

La banda sonora, curiosamente,  de dos australianos —Nick Cave y Warren Ellis (no confundir con el escritor-guionista homónimo)—, se basa en el piano, el violín y los arreglos de cuerda para crear sonoridades oscuras, crepusculares, aunque cuenta también con temas de country&western y blues de otros compositores, con un total de quince cortes.

 

Comanchería - Hell or High Water

La idea central de Comanchería, como dijimos, es que tanto los forajidos como los rangers actúan como se espera de ellos, mientras que el verdadero villano de la historia es el banco.  El banco es el inhumano, el inflexible, el que no entiende ni de excepciones ni de casos particulares. Hamilton cumple con su deber, pero no se extralimita de sus funciones o de su reglamento para perseguir a los Howard. Toby se mueve por desesperación, porque ya lo ha perdido todo. Y Tanner simplemente es un loco violento e irascible al que nada le importa y que desea tanto expiar su culpa de estar ausente cuando su madre murió como lograr un futuro mejor para su hermano pequeño. Un futuro del que desiste para sí mismo, como si estuviese condenado de antemano. Ahí está la serpiente de cascabel que se halla a sus pies, alegórica, en su última escena.

El mundo de esta Hell or High Water es un lugar sórdido, de óxido y abandono. De camionetas cubiertas de rastrojos pudriéndose en patios traseros, cisternas de agua herrumbrosas , casas cochambrosas y vetustos moteles de carretera. Una Texas donde las mujeres aparecen retratadas como personajes secundarios, circunstanciales: camareras, recepcionistas, cajeras de banco. Solo Debbie ( Marin Ireland), la ex-esposa de Toby, tiene una cierta entidad, aunque solo como recurso necesario para la escena de la charla entre padre e hijo. Mackenzie y Sheridan crearon un mundo de hombres.

Algunas cuestiones culturales que nos muestra la cinta pueden resultar chocantes para el público español, como la pasión desmedida de los tejanos por las armas y la omnipresencia de estas en la vida cotidiana, o el hecho de que un pueblo entero se lance a la caza del hombre persiguiendo en caravana a un atracador de bancos. Tan extrañas como un desenlace atípico, y que sin embargo no puede ser más apropiado y que nos reconcilia con ambos bandos, en una historia en la que no hay buenos ni malos, y en la que todos por igual son los desheredados de un mundo que se desmorona.

—¿Sabes qué significa comanche? «Enemigo de todos»

—Eso me convierte…

—¿En enemigo?

—En comanche.

Si queréis saber mas sobre esta maravillosa película aquí podéis escuchar el programa que realizamos en torno a ella:

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